Aunque en el lenguaje habitual se utilizan casi como sinónimos, tarima y parquet no describen exactamente lo mismo.
El parquet, en sentido amplio, es un pavimento de madera formado por piezas individuales, normalmente macizas, de pequeño tamaño e instaladas adheridas sobre el soporte. Dentro de esta denominación caben soluciones muy diferentes, desde pequeñas piezas formando dibujos geométricos hasta tablas de mayor formato.
La palabra tarima se utiliza fundamentalmente para los pavimentos formados por tablas alargadas, que pueden ser tanto de madera maciza como multicapa, e ir instaladas sobre rastreles, adheridas o flotantes.
Según cómo está construida la pieza:
Una tarima maciza está formada íntegramente por madera noble. Una tarima multicapa combina una capa noble superficial con un soporte construido con otras capas de madera.
No puede afirmarse que una sea siempre mejor que la otra. La madera maciza tiene una vida útil prolongada, pero experimenta mayores movimientos dimensionales con los cambios de humedad y temperatura. Una multicapa bien construida busca precisamente limitar esos movimientos y permite trabajar con tablas más anchas y largas manteniendo espesores razonables.
Las tarimas macizas de anchos superiores a 15 cm requerirían espesores de más de 20 mm para mantener su estabilidad dimensional. Estos espesores no son viables desde un punto de vista técnico, económico y de transmisión de calor para suelos radiantes y refrescantes. Por esta razón, para anchos superiores, es recomendable elegir tarimas multicapas que mantienen la estabilidad dimensional con espesores limitados.
Las tarimas pueden instalarse de distintas maneras:
Por tanto, decir simplemente "quiero parquet" o "quiero tarima" aporta relativamente poca información técnica. Para especificar correctamente un suelo habría que definir, como mínimo: formato + construcción de la tabla + sistema de instalación + acabado.
Una vez aclarado qué estamos comprando, llega la cuestión realmente importante: cómo distinguir una tarima bien construida de otra que, simplemente, tiene una buena apariencia.
El soporte tiene que contrarrestar los movimientos naturales de la capa noble y mantener la estabilidad dimensional de la tabla.
Una solución de altas prestaciones es el contrachapado de abedul, construido mediante chapas finas encoladas con las fibras orientadas alternativamente. Esa disposición cruzada limita los movimientos de unas capas con otras. Cuanta más capas de contrachapado tenga el soporte, mejor comportamiento dimensional.
Por otra parte, la capa noble y el soporte deben trabajar como una única pieza durante años, soportando cambios de humedad y temperatura sin que aparezcan deformaciones o delaminaciones. Por esta razón, también es importante el adhesivo y el tipo de prensado entre capas. Frente al prensado en caliente, más rápido industrialmente, el prensado a temperatura ambiente evita introducir un calentamiento adicional de la madera durante el proceso y reduce el riesgo de generar tensiones internas.
Qué preguntar al fabricante:
¿De qué está compuesto el soporte? ¿Cuántas capas tiene? ¿Cómo están orientadas? ¿Cómo se han prensado?
El espesor de la capa noble determina en buena medida la capacidad futura de renovación, pero tampoco tiene sentido sobredimensionarla indiscriminadamente. Un espesor de 4 mm de capa noble es solución equilibrada, ya que proporciona margen para futuras renovaciones y, al mismo tiempo, aprovecha eficientemente una materia prima de crecimiento lento.
Por tanto, frente al argumento comercial de "esta tiene más madera", interesa preguntar algo bastante más concreto: ¿Cuántos milímetros de capa noble necesito realmente para el uso previsto y las renovaciones razonablemente esperables?
El bisel es el pequeño chaflán practicado en las aristas de una tabla que se suele ejecutar en sus laterales longitudinales.
La testa, es decir, el extremo corto de la tabla se mecaniza transversalmente a la fibra y presenta mayor riesgo de astillado. Ejecutarla perfectamente a escuadra y sin bisel requiere mayor precisión de mecanizado. El resultado es además una junta transversal mucho menos visible y una mayor sensación de continuidad. Por esta razón, si la tabla presenta bisel en la testa, puede significar que el fabricante no es capaz de garantizar un corte preciso.
Qué mirar: juntar dos tablas por la testa y pasar el dedo por la unión. No debería apreciarse un escalón, astillado o irregularidad.
Una buena testa no demuestra por sí sola que la tarima sea excelente, pero sí dice bastante de cómo se fabrica.
El aspecto natural de un suelo depende de la madera que se utiliza y, sobre todo, de cómo se trabaja su superficie.
Mediante el cepillado, se retira selectivamente parte de la madera más blanda y se pone de relieve la estructura de la veta. El poro adquiere presencia y la superficie deja de ser perfectamente plana. Esto afecta al tacto, pero también a cómo incide la luz. Una superficie texturada dispersa la luz de manera diferente y hace más visible la estructura de la madera.
Existe, sin embargo, una contrapartida. Cuanto más abierto queda el poro, más importante resulta protegerlo correctamente para evitar acumulación de suciedad. Por esta razón naturalidad y protección deben diseñarse conjuntamente.
Qué hacer: mirar la tabla con luz rasante y pasar la mano perpendicularmente a la veta.
El acabado tiene dos funciones potencialmente contradictorias: proteger la madera sin ocultarla.
Para conseguir este objetivo, una buena tarima debe tener, al menos, tres manos de fondo, lijado intermedio y tres manos de acabado. Los fondos penetran y preparan la superficie; el lijado elimina la fibra levantada y las capas finales proporcionan protección frente a roce y manchas.
No debe interpretarse, sin embargo, que contar manos sea por sí solo una certificación de calidad. Importan también producto, gramaje, aplicación, secado y comportamiento del sistema completo.
El objetivo no debería ser simplemente conseguir “mucho barniz” ya que demasiada película puede hacer que una madera natural termine pareciendo un material sintético.
Qué preguntar:
¿Cuál es exactamente el sistema de acabado: fondos, lijados, capas finales y productos utilizados?
El barniz genera una película protectora y, normalmente, requiere menos mantenimiento. El aceite penetra en la madera, conserva un tacto más directo y permite reparaciones localizadas con mayor facilidad, aunque requiere mantenimiento periódico.
La elección debe hacerse atendiendo al uso, tránsito, mantenimiento previsto y aspecto buscado. Para un prescriptor, la pregunta adecuada no es "¿Qué es mejor?", sino "¿Qué acabado es más adecuado para este proyecto y cómo habrá que mantenerlo?"
Aquí existe otra diferencia importante. Una tarima puede colocarse en bruto y teñirse y barnizarse posteriormente en obra, o llegar preacabada de fábrica.
El acabado industrial tabla a tabla permite trabajar en condiciones controladas y aplicar el tratamiento también sobre biseles y cantos, separando las tablas durante el proceso de acabado. Además, cada pieza puede inspeccionarse después de recibir el acabado y descartarse si el color, absorción o defectos revelados durante el proceso no son aceptables.
Existe además una ventaja práctica: si posteriormente la madera experimenta pequeños movimientos estacionales y la junta abre ligeramente, no queda expuesta una línea de madera sin teñir.
Qué preguntar: ¿La tabla llega completamente terminada de fábrica? ¿Se revisa individualmente después del acabado?
Qué mirar: El acabado en biseles y principios de cantos
Una buena multicapa es especialmente interesante con sistemas radiantes porque su estabilidad permite controlar mejor los movimientos derivados de los cambios térmicos. Además, su construcción permite trabajar con tablas de gran anchura manteniendo espesores totales contenidos, algo mucho más difícil de conseguir con madera maciza sin aumentar el riesgo de movimientos y deformaciones.
Desde el punto de vista térmico, lo relevante no es únicamente la conductividad térmica de los materiales, sino la resistencia térmica del conjunto, que viene determinada por la relación:
donde R es la resistencia térmica (m²·K/W), e el espesor del material (m) y λ su conductividad térmica (W/m·K).
Esto significa que el espesor importa tanto como la conductividad. Por ello, una tarima multicapa de espesor contenido puede presentar una resistencia térmica reducida y transmitir eficazmente el calor, incluso aunque alguna de las capas que componen su soporte tenga una conductividad térmica inferior a la de la madera noble. Por esta razón, una multicapa relativamente fina puede ser térmicamente mejor que una maciza más gruesa
Tan importante como la composición de la tarima es cómo se coloca. Existen tres grandes sistemas: rastreles, flotante y encolado al soporte. Recomendamos preferentemente el encolado en toda la superficie. Además de limitar movimientos, el contacto directo evita introducir la cámara o lámina intermedia propia de otros sistemas y favorece la transmisión térmica.
Una tarima técnicamente excelente también puede comportarse mal si las condiciones ambientales son inadecuadas.
Un buena madera no debería salir de fábrica con una humedad superior a 8-10 %. Asimismo, recomendamos mantener el ambiente interior entre 18-24 °C y 45-60 % de humedad relativa.
Esto resulta especialmente importante en viviendas muy climatizadas y, particularmente, cuando existen sistemas de suelo radiante/refrescante, que pueden someter al pavimento a variaciones térmicas y ambientales significativas. Por otra parte, la madera experimenta variaciones dimensionales porque intercambia humedad con el ambiente hasta alcanzar el equilibrio higroscópico.
La ingeniería de una buena tarima sirve precisamente para limitar y controlar esos movimientos, no para abolir las leyes de la madera.
Ante dos muestras aparentemente similares, un arquitecto, interiorista o promotor puede hacer algo bastante sencillo:
Y añadiría una sexta comprobación, especialmente útil para prescriptores: no juzgar un suelo natural por una única muestra.
Cada tabla presenta variaciones de veta, nudos y color. El fabricante clasifica precisamente las piezas para obtener selecciones más homogéneas o más rústicas. Una muestra pequeña nunca representa por completo cómo quedará una superficie de 200 m².
Como conclusión, una buena tarima es la que combina una capa noble adecuada, un soporte estable, una unión fiable entre ambos, un mecanizado preciso, un acabado técnicamente bien resuelto y una instalación compatible con las condiciones reales del proyecto.
Por eso, para distinguir una buena tarima, muchas veces hay que dejar de mirar la cara bonita y darle la vuelta a la tabla.
En las viviendas Antana la presencia de la madera, como el material noble que es, es muy significativa y por eso trabajamos con los mejores colaboradores y proveedores.